Pienso en el cuchillo, ese pequeño de mango azul, con el que suelo untar la mantequilla. Allí estará, me digo, guardado en el cajón, junto a los cubiertos, los platos, la vajilla.
Pienso en la camisa blanca, esperando en la pila de la ropa planchada, la imagino perfectamente abotonada, fresca y almidonada, haciendo fila.
Pienso en el balcón ahora cerrado, las macetas descansando sobre el muro, mas atrás el rosal y encima maduras y amarillas, las frutas del peral.
Pienso en los libros que dejé ordenados, la impresora dormida, los álbumes de fotos, los cuadernos, la madera de pino formando un largo estante, la ventana con mi sillón a un lado, vigilante.
Hubo que salir casi corriendo. No hubo manera de pensar dos veces. Uno vive rodeado de sus cosas, pensando que se acaban, sin imaginar siquiera que pueda ser uno el que las deje, el que se vaya. Y allí quedan, clavadas, en el mismo lugar en donde estaban.
Hileras de macetas, las plantas con sus flores germinadas, traídas de algún sitio, florecidas. Allí estarán, dormidas, esperando el agua que da vida.
Pienso en el pasillo bajo la galería, los cuarterones de barro, la vidriera, y atrás la entrada que lleva a la escalera.
Puedo escuchar la bomba del agua, subiendo por la tubería, escondido torrente, desde la cisterna, corriendo intermitente. Veo los ventanales, su herrería, los vitrales desplegando colores, las uniones de plomo, hechas con maestría.
Pienso en todas estas cosas, y las escribo sin saber qué pasa; será, pienso, que ellas, juntas o separadas, son parte de mi casa.